domingo 21 de marzo de 2010

El futuro ya está aquí

Dedicado a Isaías, Etíope y Roberto Nicieza.
Grandes entre los grandes


En 1983 ya habían ganado los que nos dijeron que eran los nuestros (el PSOE). Poco después vino la Olimpiada de Los Ángeles '84 y hasta en Ispáster celebraron la victoria sobre Yugoslavia en semis. Con doce años pensar en el 2010 era pensar en un futuro lejaaaaaaaaaaaaaaaannnnoooooooo. Nosotros, como el Serafu, sólo queríamos llegar al año 2000 y "si eso" morirnos sin haber cumplido los treinta.

Con casi cuarenta estamos calvos (algunos) y ninguno diputado, así que el verso de Miguel d'Ors no aplica. Como cantaba Santiago Auserón en "Enamorado de la moda juvenil": el futuro ya está aquí. ¿En dónde? Santiago, Ponferrada, Madrid, Washington.

Los que estaban en el 83 siguen en el 2010 y ya no engañan a nadie, salvo a sí mismos. y hasta Manuel Abel ha cambiado de bando, no como Roberto Correa o Fernando Terrón, hombres de ideas fijas.

¿Cómo calificarlos? ¿Siniestro total? ¿Golpes Bajos? ¿O simplemente Ilegales?






jueves 18 de marzo de 2010

Ogro Chávez asusta a los niños

hSi el gobierno de España tuviera la mitad (¡qué digo la mitad! ¡con un tercio llegaba, aunque no fuera un Tercio de Flandes!) la mitad del valor (o cojones, que en román paladino es lo mismo) que tiene Hugo Chávez hace tiempo que las relaciones diplomáticas con Venezuela estarían en el único sitio que merecen: la basura.

A las infectas declaraciones de un insolvente profesional, estómago agradecido y esbirro de la peor calaña llamdo Alberto Nolia (que calificó en un programa de Radio Nacional Venezolana al jefe del Estado, Juan Carlos I, "borracho indeseable", "jalador profesional", " ladrón" y "reyezuelo") se unen las palabras del presidente venezolano en las que dice que España perdería más que Venezuela si se cierra la embajada de Caracas. Es lo que ocurre cuando la boina -sea roja o negra- se lleva por dentro, bien incrustada en el cerebro.

No, colorado enemigo, comandante Ogro Chavez Frías. Más de lo que hemos perdido los españoles en nuestro trato con usted no podemos perder: la vergüenza, la dignidad y hasta el aliento por culpa de una política exterior patética que nos lleva a arrastrar el fondillo por medio mundo y parte del otro.

Nuestro presidente Zapatero y su ministro de Exteriores, Moratinos (al que se le puede aplicar aquella memorable frase de Ortega y Gasset contra Salvador de Madariaga: es tonto en seis idiomas) son especialistas en abrazar dictadores y bajarse los pantalones por un contrato de suministro, pongamos que en Cuba, Venezuela o Ecuador. Y no merece la pena. De verdad, no la merece.

Nuestro presidente, sí, el mismo que fue capaz de quedarse con el culo pegado a la silla ante la bandera de EEUU, pierde el ídem cada vez que un caudillo de tres al cuarto levanta la voz. Y de esos hay bastantes en Latino América, un continente que, en general, tiene lo que se merece por la ignorancia del pueblo y la iniciativa de sus políticos. Y no hay nada pero que esa combinación: tontos con iniciativa.

A medio camino entre la amenaza siciliana y el consejo de telepredicador aficionado, Chávez ha recordado que España tiene muchas inversiones (¡el petróleo!, ¡los bancos!, ¡el gas!) en Venezuela y que será mejor si las protege. Sinceramente, me importan un huevo las inversiones del Banco Santader (Banco de Venezuela) y el BBVA (Banco Provincial) , de Repsol-YPF o de MAPFRE. Como español no les debo nada, aparte de mi hipoteca (que no es poco). De modo que si las multinacionales españolas pierden su dinero, que lo pierdan. Más se perdió en Cuba en 1898 y en 1959 y aquí estamos, con una democracia imperfecta, pero democracia al fin. Sin tener porqué desayunarme con los alaridos de los mandriles de culo rojo en televisión mañana, tarde y noche.

Entre tanto, Chávez Frías protegerá a las alimañas terroristas de ETA que vegetan en sus ministerios, esos heroicos gudaris marxistas-leninistas que cambian la txapela de Elósegui por la boina roja, el txakolí por el ron sin mover un músculo. De los apagones Chávez no ha dicho nada. De la libertad de prensa no ha dicho nada. De la entrega de Venezuela a Cuba... no ha dicho nada.

Resulta curioso ver a un comunista del siglo XXI en plena defensa del capital. Pero es que Chávez es así y por eso siguen las ventas de petróleo al enemigo del Norte y la red de gasolineras CITGO se extiende por todos los EEUU (desde 1990, el 100% de CITGO pertenece a PDVSA, la empresa pública petrolífera de Venezuela )

Bien lo entendió Aznar, el presidente que devolvió a España a la primera división mundial. Lo consiguió, por ejemplo, al promover la Posición Europea común contra la dictadura cubana o al respaldar a los demócratas venezolanos que intentaron derrocar a Chávez en 2002 y a los que, finalmente, les tembló el pulso.

Para saber, de verdad, a qué tipo de necio nos enfrentamos basta con ver a Buenafuente.

miércoles 3 de marzo de 2010

Una elegante chatarra

Dedicado a José Luis de Cea-Naharro, marino y marine.

La reina María de Inglaterra tuvo un hermano normando que era tan grande como ella. Los franceses estaban muy orgullosos de él, así que lo llamaron Normandie: el barco más elegante del mundo. Tan parecido al “Queen Mary” como dos copos de nieve de los que han sepultado Washington, DC hace unos días.

El gigantesco “Normandie” nació en 1932. Lo había pagado la Compañía General Trasatlántica, que lo convirtió en su buque más lujoso. Su tamaño era el doble del famoso “Titanic”, así que lo franceses tenían –por una vez– motivos para sacar a pasear su grandeur. Lo hacían sobre todo en Estados Unidos, destino habitual del “Normandie” y sus tres mil pasajeros De El Havre a Nueva York en menos de cuatro días, travesía de la que gozaron Hemingway, Walt Disney y Marlene Dietrich (cada uno en su camarote).



El inicio de la II Guerra Mundial sorprendió al buque en los muelles de Manhattan y ya nunca más volvió a la vieja Europa, que entonces observaba con indiferencia cómo Hitler invadía Polonia con Wagner de banda sonora. Las medidas cautelares de EEUU obligaron al “Normandie” a quedarse amarrado en aguas americanas en un dolce far niente que le corroyó el alma.
En 1941 los yanquis se cansaron de ver al trasatlántico ocupar el puerto neoyorquino, así que decidieron entregar el barco a la Armada. Como es lógico, el lujo francés del “Normandie” no tenía sentido para los americanos, así que decidieron convertirlo en un buque de guerra para el transporte de tropas. El más grande del mundo.

Poco a poco comenzaron las operaciones para desmontar el vidrio, el bronce y las maderas preciosas que tanto dinero habían costado. El Art Déco se mudó en vulgares literas para 15.000 soldados. La cocina francesa en rancho americano. El cristal de Lalique en vidrio de Pennsylvania Por último, le cambiaron el nombre y el “Normadie” pasó a llamarse USS Lafayette, en honor de un general francés que combatió junto a las colonias durante su guerra de independencia contra Inglaterra.

Los trabajos de transformación del nuevo “Lafayette” fueron largos y costosos. Para colmo, terminaron mal cuando un soldador incendió fortuitamente una pila de colchones. El fuego paseó a su gusto por las cubiertas y los salones. Todos los bomberos de Nueva York llegaron al puerto para apagar el incendio, pero pusieron tanto afán en su trabajo que el agua de las mangueras inundó la bodega. La escena era ridícula: el barco ardía por la parte de arriba y se hundía por la de abajo. Tras varios días de lucha, el flamante “Lafayette” se escoró sobre babor en el muelle 88. ¿Fin de la historia? No. Jamás. Never. Jamais.

Los americanos, que cuando se ponen son tan suyos como los franceses, decidieron reflotar el buque. El trabajo era propio de Hércules, pero como ellos no conocían al semidios griego les dio igual. Tardaron casi cuatro años en sellar el casco, achicar 6.000 toneladas de agua y devolver el barco a su posición vertical. Trabajaron miles de obreros, buzos y soldadores. Pero trabajaron con lentitud, así que cuando el barco estaba listo para combatir en la II Guerra Mundial la II Guerra Mundial se había acabado.

Así que el bélico “Lafayette”, continuador del exclusivo “Normandie”, se fue directo al desguace. En su reflotamiento se habían gastado millones de dólares, de los que apenas se recuperó un 10% por la venta de chatarra. Una chatarra, eso sí, elegante. Tan elegante como sólo los franceses saben serlo.


martes 23 de febrero de 2010

Peor que en Guantánamo

Orlando Zapata Tamayo -cubano, albañil y preso político- acaba de morir de hambre.

Orlando Zapata Tamayo -negro, demócrata y opositor- fue condenado en 2002 a 3 años de cárcel por manifestarse en contra de la dictadura comunista de Fidel y Raúl Castro.

Orlando Zapata Tamayo, que nunca se doblegó, fue apaleado, torturado y aislado por mantenerse firme en su defensa de los derechos humanos. Para hacerle desistir de su protesta le negaron el agua durante 18 días y sólo recibía suero.

Orlando Zapata Tamayo acumuló condenas hasta 36 años de cárcel porque le extendieron su pena. Al régimen no le importaba que ya estuviera en la cárcel: aquel negro era oriental y, por lo tanto, duro, obstinado y loco. Mulato de Banes.

Tampoco le importó al ministro Moratinos cuando visitó Cuba. Como no le importa a Lula da Silva, tan presentable y, en el fondo, tan insensible.

Orlando Zapata murió de hambre. Le dejaron morir porque reclamaba sus derechos. 85 días en huelga de hambre. Casi tres meses. Sólo ha sido noticia cuando ha muerto.

Sin embargo, queda un centenar de presos políticos en Cuba. En las mismas condiciones que Zapata Tamayo. Ellos están peor que en Guantánamo porque es su propio país el que los encarcela por delitos que son derechos: derecho a discrepar, a reunirse, a viajar.

En Cuba no se ha informado de esta muerte. Ni Granma, ni Radio Rebelde, ni Prensa Latina, ni Trabajadores, ni Radio Reloj, ni la TV, ni nadie. Sólo Radio Bemba (que los españoles llamamos Radio Macuto) extenderá la bola. "Dicen que han matado a un negro en Kilo 7".

¿Hasta cuándo durará esta infamia?

miércoles 3 de febrero de 2010

Yo me encontré a Warren Sánchez

Conocí a Warren Sánchez en Pamplona, hace medio siglo, o quizá veinte años, no lo recuerdo bien. El caso es que él no me conoció a mí porque entonces trabajaba (Warren trabajaba, yo estudiaba Filosofía) para Les Luthiers –los cómicos argentinos– y era difícil que le diera cita a uno (y a más de uno imposible).

En aquel tiempo, Warren era el Hermano Principal de una secta, no sé si protestante o de las otras, y tenía todas las respuestas. Todas. Y era capaz de dar los mejores consejos. Los mejores. Por ejemplo, cuando Warren se encontró a un muchacho dispuesto a suicidarse tendido en las vías del tren. Y habiéndole preguntado Warren: "Desdichado, ¿qué haces ahí?". El joven contestóle entre lágrimas: "Mi novia me ha dejado". Y Warren díjole: "La verdad es que podría haberte dejado en otra parte." Luego levantólo, aconsejólo, consolólo y estimulólo. ¡Vamos, Lolo! O cuando invitó a sus fieles: “Para aquellos que entre ustedes tengan hijos y no lo sepan, tenemos en la secta una zona arreglada para niños". Warren Sánchez era un gran predicador y conseguía que todos los que se acercaban a él se arrepintieran. Tal era su carisma que sus discípulos tarde o temprano se arrepentían.

Pasaron los años, y los espectáculos, y nunca más nadie oyó nada sobre Warren Sánchez. El silencio rodeó su nombre y su leyenda, sus seguidores se desperdigaron y ni siquiera los cómicos argentinos le citaban en sus funciones. Bueno, sí, una vez lo hicieron y confirmaron que algo le retenía en Miami… y que ese algo era el FBI. Su tiempo había pasado.
Yo nunca olvidé del todo a Warren por lo mucho que me hizo reír (y sin haber bebido o fumado nada que ayudara a la risa. Nada. Nada. En mi casa siempre hemos defendido el humor ecológico y la leche entera).

Así que me quedé de piedra cuando Warren Sánchez se cruzó en mi vida. Sin buscarlo. Salía yo del aeropuerto camino de la parada de autobús, que no llegaba (el autobús, la parada estaba allí fija). Apareció por fin a la media hora (y media hora a -6º C parecen dos). Del autobús saltó el chófer, fornido y de un diligente azul marino, como los conductores del ALSA. Tenía un bigotillo fino y lateral. No un mostacho como el de Groucho Marx (ancho y pintado). Lo suyo era más bien tipo Cantinflas.

Esperamos un poco, quizá hasta que comencé a sentir de nuevo los dedos, y entonces arrancó. Yo no sabía que él era él. De haberlo sabido le habría tratado con más respeto. “¿Y usted cómo se llama?”, interrogué curioso. Él se giró un poquito y sonrió con una dentadura mellada. “¿Yo, señor?”, dijo como si fuera gallego. Lo digo porque en el autobús no había nadie más. “Sí, sí, usted”. Él, sin darse importancia, me dijo: “Warren Sánchez”.

En ese instante el aire se congeló (y juro que eso es casi imposible cuando es invierno y estás en Washington). “¿Warren? ¿Warren Sánchez?”. El asintió y no dijo nada más. Yo nada más pregunté. Preferí respetar su nueva vida de anónimo inmigrante en EEUU, con un trabajo corriente y dos hijas ya mayores. Eso lo supe porque llevaba las fotos pegadas en el salpicadero, al lado del volante. Una estaba abrazada a él en una casita azul y blanca de madera, típica de los suburbios americanos.

La otra muchacha vestía el uniforme del ejército y había puesto una dedicatoria “Besos desde Iraq”.